“Lo hago mejor mañana o en unos días”. Se trata de postergar tareas importantes dejándolas pendientes, aunque esta decisión, no sea conveniente. Al evadirlo se siente alivio, pero en el largo plazo, trae consecuencias negativas.
Al tener que hacer la tarea, se puede llegar a pensar que es aburrida, que no nos gusta, que puede ser difícil, no sentirse habilidoso, o con la seguridad suficiente para afrontarla. Es frecuente también, que se postergue debido a que se es muy exigente, perfeccionista, o dubitativo. De este modo, la procrastinación se genera más por no poder regular emociones, ni lidiar con factores distractores, que por una mala organización. Por eso, resulta conveniente analizar nuestro diálogo interno, para poder intervenirlo y comprender cómo se originó. Por otra parte, las redes sociales y la tecnología, al ser estímulos tentadores que atentan contra la concentración y la realización de las tareas, contribuyen también al aumento de la procrastinación.
Priorizando la sensación de placer, comodidad y bienestar en lo inmediato, por sobre la idea de tolerar la espera del beneficio que traerá más adelante el haberlo hecho, aquello que no se quiere hacer, se deja de lado, y no se afronta. Entonces, al haber aprendido sin querer, que al evitar hacerlo, pronto se siente alivio, el cerebro va en busca de eso las veces siguientes, y el circuito se perpetúa.
Por eso, resulta importante reconocer que por más de que en un principio la sensación sea distinta, a largo plazo provoca ansiedad y culpa, puediendo terminar afectando la autoestima.
Para no alejarse aún más de la meta a la que se intenta llegar, por lo pronto, cabe comenzar a explorar cuáles son las emociones que solemos resistir cuando nos encontramos con tareas que preferimos de entrada no hacer; emprender luego un plan de acción con metas realistas y pequeños pasos para poder acercarnos a nuestro objetivo deseado.